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Antipolítica, el Payaso y los Idiotas – Dominio Público

Estamos en una reyerta en casa estos días por la temida fecha de la asamblea vecinal anual que promete ponerse tan furiosa como un debate sobre el Estado de la Unión en la Cámara de Representantes, y todos queremos que se aleje de esa tarea. Terminaremos jugando a la paja más corta, o peor, será mi turno como siempre.

La primera vez que me vi obligado a asistir a una de estas reuniones, estaba en el barrio equivocado (en ese momento las reuniones se llevaban a cabo en salas cedidas para nosotros por un instituto cercano), y no me di cuenta de mi error hasta dos horas después. Luego empiezan a discutir sobre las reglas de uso de la piscina porque yo no tengo piscina. Supongo que quedaron registradas algunas de las instancias en las que levanté la mano para ejercer mi derecho al voto: como si luego quisiera reírme de Alberto Casero, el diputado del PP que, con su error informático, aprobó la labor del gobierno. reforma.

Me maravillo de mi enojo ante la idea de tener que asistir a esta reunión donde se discuten y deciden asuntos comunes que me afectan directamente, y no tengo problemas para encontrar la respuesta: la pérdida de tiempo, la sensación de insignificancia de una posible contribución de mí, las tonterías que probablemente tendré que escuchar, o el peligro de terminar discutiendo con un vecino que seguiré encontrándome a diario. Y es que el ideal del debate público en esta especie de democracia de proximidad se reduce en última instancia al que propone pintar de verde el portal, al que quiere uniformar al portero, o al que exige la construcción de un edificio de tres plantas. garaje de estacionamiento bajo los cimientos del edificio, incluso si la casa se nos cae encima. La semana pasada un vecino anónimo y emprendedor colocó un paragüero en el portal, y ahora el escalafón se divide entre los que saludan la iniciativa y los que desestiman rotundamente la presencia del paragüero no consentido. En esferas superiores hay gente que sugiere regalar maillots de ciclismo firmados para ayudar a combatir incendios, así que no sé por qué me sorprende.

La antigua Grecia fue la cuna de la democracia, un sistema de gobierno donde los ciudadanos arriesgando su vida por algo en las constantes guerras (sí, eso era “un pequeño esfuerzo”), en asamblea tomaban las decisiones que afectaban a su ciudad. La Atenas democrática (en la que no asistían ni esclavos, ni mujeres, ni extranjeros, ni menores, es decir, casi nadie) floreció bajo el magistrado repetidamente reelegido Pericles, exitoso general militar y orador de enorme reputación y capaz de prescribir el siglo en que vivió para darle su nombre. Pericles, el “primer ciudadano”, según el historiador Tucídides, ya estaba siendo tildado de demagogo o populista por sus críticos, y podría decirse que fue también el primer político corrupto de la historia en desfalcar el tesoro común de la Liga de Delos para construir los grandiosos templos que los turistas aún admiramos en la Acrópolis más de dos milenios después.

Aristóteles acuñó la célebre definición del hombre como “animal político” por su capacidad de razón y lenguaje, conciencia moral y comunicación, que le dicta de manera única que coexista con los de su especie en la polis, la ciudad-estado, el espacio en el que ellos específicamente humanos. La economía quedó reducida a la esfera privada del gobierno de la casa (el oikos, que hoy da nombre a un yogur y a un dolor de cabeza), gobierno sobre desiguales (el patriarca sobre el resto de los miembros de la familia, incluidos los esclavos), lo que redujo se limitó al ámbito natural de la necesidad (producción y reproducción). La política, en cambio, era el espacio de gobernar entre iguales, ciudadanos libres, porque sólo en la polis podemos ser libres y desarrollar todo nuestro potencial.

Para los antiguos, ser libre significaba no ser esclavo. La libertad significaba pertenecer a un pueblo libre que se gobernaba a sí mismo, y por tanto su esencia era la participación política: soy libre en la medida en que participo en la elaboración de las reglas que me rigen. La autonomía no significa otra cosa: soy libre porque obedezco a mi propia ley.

Los que no asistían a la reunión eran llamados idiotas, aquellos que no asistían a los asuntos públicos para concentrarse en sus asuntos privados (la raíz idio- significa “propio”, como en el habla o la idiosincrasia). Y para que nadie argumente que no pudieron asistir porque tenían negocios o finanzas que atender, la participación política fue pagada, por lo que no fue solo para los ricos.

Han pasado tantos siglos que yo mismo me siento más idiota perdiendo el tiempo en una tertulia de barrio que huyendo a la playa. Si para Aristóteles nuestra naturaleza era esencialmente política, ahora los políticos son los demás, y para algunos incluso el enemigo a batir: los que gozan de privilegios, los que miran sólo a sus propios intereses, los de retórica vacía y de fácil estallido. El corrupto. Las que representan una de las principales preocupaciones de los españoles según las encuestas del CIS. Los que se pasan el tiempo discutiendo sobre el aspecto de un paragüero mientras el resto del techo de la casa se nos cae encima.

Nadie ve hoy su libertad en votar en una urna, sino en que no les prohíban tomar unas cervezas o que no les digan a cuántos metros de la costa se puede construir la casa. Cuando esta arqueológica forma de gobierno resurge en el mundo de hoy, con la independencia de los Estados Unidos y en su forma representativa actual (no cabemos todos en la asamblea, ni queremos perder el tiempo en esas cosas), la importancia del bien común se había afianzado ya muy desarrollado, reducido al bienestar material ya la suma de intereses privados. Pero incluso entonces se dio cuenta de que una sociedad democrática puede caer fácilmente en manos de un gobierno despótico si nos enfocamos únicamente en nuestros intereses privados renunciando a la participación pública, si nos comportamos como esos idiotas de antaño.

Que la política tenga mala reputación no es nuevo. Se espera que los políticos resuelvan nuestros problemas y no se conviertan en un problema para los demás. Se les exige consenso (porque ‘partido’, sinónimo de roto, siempre ha tenido mala prensa) mientras se les acusa de ser ‘iguales’ (aunque los datos de corrupción muestran que el 86% del dinero de todos, el medio para malversar verdaderos bienes públicos para fines privados, corresponden a casos del Partido Popular). De alguna manera se les piden milagros.

Y el milagro ocurrió una vez, cuando Europa pasó de las ruinas de la posguerra a la prosperidad en la que hemos crecido. Sin embargo, apostar toda la legitimidad a la promesa de prosperidad y bienestar material para los ciudadanos tiene sus riesgos, como apostar todo al rojo como la ruleta: en cuanto esta garantía social da muestras de debilitamiento, el discurso de la antipolítica sale con fuerza.

El escritor Andrés Barba publicó su novela en momentos en que en Italia, una democracia tan estable como inestable, el humorista Beppe Grillo lanzaba el Movimiento 5 Estrellas, cuyo éxito residía precisamente en su discurso antipolítico. En presencia de un payaso (Título tomado de una película de Bergman) en la que un comediante se presenta a las elecciones con la única sugerencia de poner un maniquí en el Congreso. Y hoy, cuando otro comediante ucraniano se ha convertido en el nuevo Pericles del mundo occidental, ciertamente hay quienes preferirían ver una muñeca inflable sentada en un banco que ciertos individuos. Mucho se ha hablado estos días del vídeo viral de otro humorista sobre este caso nacional culpando a “los de arriba” e incluso tildándolos de “basura” en algún titular. Y no nos damos cuenta de que con este tipo de discurso estamos negando nuestra naturaleza política y por ende nuestra propia libertad. Nos abstenemos del debate y la participación, como si la abstención fuera motivo de orgullo y no de idiotas. Hasta el día en que nos quitan los derechos que nos quedan y apenas lo sabemos. Porque ya sabíamos las consecuencias de la antipolítica, del “haz como yo y no te metas en política”: Miles de muertos y cuarenta años de dictadura.

Menos de la mitad de los residentes asistieron a la reunión comunitaria del año pasado, y una reforma innecesaria y engorrosa fue aprobada por solo un voto más. Ahora que están llegando los supervivientes, los que votaron por la playa el Día del Voto no han dejado de protestar. Desearía que estas cosas siguieran siendo una mera broma. nadie vive aqui y no convertirse en la norma de nuestra convivencia social.

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