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Del sablazo a Franco a los falsificadores de las tarjetas de fumador

Mientras el granadino lucha a brazo partido por sobrevivir en una sociedad desanimada y de colas con cartilla de racionamiento, la II Guerra Mundial sigue su fatídico curso. En 1942, el régimen nazi diseña la llamada ‘solución final’ para los judíos. Hitler, antisemita enfermizo, hace realidad su deseo de que no hubiera ningún gueto en Europa y liquida ese año a más de un millón y medio de judíos en las cámaras de gas de los campos de concentración. Por primera vez en la historia, un grupo de seres humanos borra del mapa tan criminalmente a otro grupo de seres humanos. Los periódicos españoles en general y los granadinos en particular no daban estas noticias. Entre otras cosas, porque no se enteraban o no les interesaba enterarse. Ese año, una niña judía llamada Ana Frank, consiguió ocultarse de los nacionalsocialistas en una casa de Ámsterdan y empezó a escribir un diario en un pequeño reducto en el que estuvo dos años escondida. En 1944 fue descubierta por la Gestapo y un año después moría de hambre en un campo de concentración. Su diario fue descubierto tiempo después y conmocionó al mundo. Cuando murió tenía 15 años.

Como también conmocionó una película que se estrenó ese año y que narra una historia de amor entre un hombre y una mujer que se encuentran años después de haber roto su relación en París. La película se llama Casablanca y es considerada la mejor película de todos los tiempos. Humphrey Bogart borda su papel de héroe romántico e Ingrid Bergman encarna de manera impecable a Ilsa, una mujer sensible y enamorada, aunque no sabe bien de quién. “Siempre nos quedará París”, que dirá el bueno de Rick al separarse de ella.



La gran estafa

A Rick y a Ilsa les quedaba París y a los granadinos nos quedada la Alhambra. Muy lentamente Granada irá recuperando su rango de capital turística gracias al monumento nazarí. Como es lógico, durante la guerra ningún turista se atrevió a venir a retratarse a Granada con algún heredero del Chorrojumo, pero a partir de 1942 empieza a registrarse cierto meneo. Ese año casi 40.000 visitantes piden información en la Casa de los Tiros, que es donde estaba la Oficina de Información y Turismo. Eso sí, los turistas que venían (sobre todo los extranjeros, que se notaban a la legua) tenían que esquivar a cientos de niños hambrientos e indigentes que les pedían por la calle. Una verdadera Corte de los Milagros en la ciudad de la Alhambra.

Los periódicos ese año tampoco hablaron de una gran estafa que sufrió el propio Franco por parte de un timador austriaco casado con la granadina Mercedes Domenech. Se llamaba Albert Edward Wladimir Fülek Edler von Wittinghausen, conocido simplemente como Filek. Lo cuenta muy bien el escritor Ignacio Martínez Pisón en un libro que ha escrito sobre esta monumental estafa. Este hombre, Filex, llegó a engañar a dictador diciendo que había inventado un nuevo combustible tan potente como la gasolina, pero baratísimo, ya que estaba hecho a base de agua, zumo de plantas y un ingrediente secreto que sólo él conocía. Esa sustancia, prometía, haría de España la principal potencia petrolífera del mundo. Franco se lo tragó y le dio importantes subvenciones para que montara la empresa. Lo hizo rico. El Generalísimo estaba en esos momentos absolutamente encandilado con la filekina, el cómico nombre con el que había sido bautizada la supuesta gasolina inventada por el austríaco. El fiasco del mandamás de España fue enorme y cuando se descubrió que todo aquello eran gabinas de cochero, mandó a este hombre a la cárcel. Estuvo en la prisión de Álava y más tarde fue deportado a Alemania, donde murió en 1952. Lo que es raro es que Franco, al descubrir la trampa, no lo mandara fusilar, que para eso no le temblaba la mano.

De lo que sí hablaron mucho los periódicos, concretamente el 22 de mayo, fue del descubrimiento por parte de la llamada Brigada Criminal de una red de falsificadores de tarjetas de fumador que tenía su origen en Granada. En aquellos tiempos el tabaco, como todo, estaba racionado y solo podían adquirirlo a través de la cartilla de racionamiento. Juan Bustos dice en una deliciosa crónica que en aquella época hasta los muertos fumaban en Granada. “Era corriente que, cuando moría alguien que fumaba, sus familiares conservaran su ‘cartilla de fumador’ el tiempo que podían, para así seguir retirando del estanco los cuarterones de picadura o los caldos de gallina que, en vida, habían correspondido al difunto. Todo esto, a fin de cuentas, era picaresca de poca monta, a fin de cuentas, al lado de los grandes negocios que algunos fabricantes granadinos de aquel tiempo –de caramelos, entre otros– hicieron con el estraperlo de sus cupos de azúcar”. Por lo visto, los mejores falsificadores de cartillas del fumador estaban en Granada.

Nacen Morente y Morón

En ocasiones, me he preciado de ser amigo de dos enriques que nacieron en ese año: Enrique Morente y Enrique Morón. Uno ha quedado como uno de los mejores cantaores de la historia del flamenco y el otro es uno de nuestros grandes poetas.

Vienen a esta vida dos grandes hombres, pero se va de la misma Fidel Fernández Martínez, considerado una de las personas claves de la Granada de la primera mitad del siglo XX y una de las que más hizo por el conocimiento de Sierra Nevada. Fue el que, siendo conservador de la Alhambra, ideó la puesta en uso de la llamada Dehesa del Generalife y que los granadinos llamamos El Llano de la Perdiz. Escribió sobre Fray Hernando de Talavera, Aben Humeya, Boabdil, y sobre la medicina árabe en Granada, entre otros muchos temas. Nada de lo de su tierra le era ajeno. Como médico también tiene sus líneas en la Wikipedia, ya que fue el fundador del hospital de la Purísima, el creador de la revista Actualidad Médica y dirigió el hospital de San Lázaro, donde sentó cátedra sobre las enfermedades infecciosas. Muchas cosas para tan poca vida porque murió a los 52 años precisamente de una enfermedad en la que él era el mejor especialista: insuficiencia hepática.

También ese año muere José Ruíz de Almodóvar, notable retratista y considerado el último representante de la Cofradía del Avellano. ¿Conocen ustedes ese retrato de Ángel Ganivet que se reproduce siempre que se habla de él? Pues ese lo pintó José Ruíz de Almodóvar.

El Gordo cae en Granada

El año comienza con la celebración en Granada del VI Congreso Nacional de la Sección Femenina. Vino hasta aquí para inaugurarlo la fundadora Pilar Primo de Rivera, que en su intervención dijo a las mujeres allí reunidas que “en vuestra misma persona se unen vuestra condición de católicas y de españolas”. Las gitanas del Albaicín y del Sacromonte no fueron invitadas al congreso. Al menos allí no se vio a ninguna. Pilar Primo de Rivera asistió el dos de enero a la tradicional tremolación del pendón en el Ayuntamiento de Granada y dijo que le había gustado mucho.

Pero es que 1942 termina con una gran noticia: cae el Gordo de Navidad en Granada. En el número 9.029. Nada menos que treinta millones de pesetas, casi lo que valían las obras de saneamiento, alcantarillado y redes de agua potable que aún mantenían abierta en canal la ciudad. El premio estuvo bien repartido pero los periódicos hablan de un tal Ruperto Martínez que se llevó más de millón y medio de pesetas y del escultor Martínez Simón, que trincó 750.000 pesetas. Por entonces un piso en Granada unas 50.000 pesetas, así que, háganse a la idea. Martínez Simón es el autor de la famosa escultura de Nuestro Padre Jesús Cautivo y dice la leyenda que nada más terminar de esculpir esta imagen tan bella, se quedó ciego.

Algunos lectores relacionarán el nombre de Joaquina Eguaras con una avenida o con un barrio de la zona norte. Pero debo decirles que esta mujer fue la primera profesora de la Universidad de Granada (hasta 1910 no se reconoció en España el derecho de las mujeres a la enseñanza oficial) y fue la única alumna en la Facultad de Filosofía y Letras. Por entonces los únicos que, al parecer, podían filosofar sobre la vida eran los hombres. Fue profesora titular, además, de árabe y hebreo y nombrada directora del Museo Arqueológico de Granada. En 1942 recibe una gran alegría al ser nombrada elegida Académica de Bellas Artes. Su nombramiento la convierte en la tercera mujer académica del país. También ese año entra en la Real Academia de la Historia, a propuesta de Ramón Menéndez Pidal, el rector de la Universidad de Granada Antonio Marín Ocete, que también es nombrado en 1942 procurador a Cortes por Granada junto a Antonio Gallego Burín y Guillermo Sánchez Diezma.

En ese año Franco ‘adopta’ varios pueblos granadinos a los que ayudará en su reconstrucción después de la guerra. El Caudillo había creado el llamado Servicio Nacional de Regiones Devastadas, que se ocupó de la reconstrucción de las locales y edificios dañados por la guerra, para lo que recurrió a menudo al trabajo forzado de presos políticos republicanos integrados en los llamados Batallones de Trabajadores. Aquellas regiones con una destrucción superior al 75 por ciento quedaban bajo la tutela del mandamás en España. De ahí que se dijera que había pueblo ‘adoptados’ por el mismísimo Caudillo. Los pueblos granadinos a los que les cupo ese honor fueron Guadix, Órgiva, Pitres, Tablones, Mecina Fondales, Deifontes, Jayena, Limones, Tózar y Moclín. En 1942 se iniciaron las obras en los cuatro primeros, a los que se destinaron seis millones de pesetas a cargo de la Dirección General de Regiones Devastadas, que es como se llamó después.

Regular en el fútbol

En fútbol la cosa nos fue regular el primer año que estuvimos en Primera División. Hubo, eso sí, alguna que otra alegría. El 17 de febrero goleamos al Barcelona por seis a cero. El equipo catalán exhibió mucha violencia en defensa. Aun así, fue humillado por el equipo granadino que esa vez alineó a Alberty, Millán, Alejandro, Sosa, Bonet, Sierra, Marín, César, Conde, Bachiller y Liz. También esa temporada venció al Real Madrid en su propia casa. Pero quedamos los décimos de catorce equipos que había. Alberty –el portero volador que comía naranjas durante los encuentros– duró muy poco tiempo en el Granada CF ya que a los seis meses de estar aquí murió (en abril de 1942) supuestamente del ‘piojo verde’. Tenía solo 32 años. Está enterrado en el cementerio de San José junto a Floro, otro portero que aún está en el recuerdo de muchos granadinos. Ambos parando los balones que llegan hasta el cielo.

El 28 de julio de 1942, Antonio Gallego Burín (que coge de nuevo la Alcaldía después de la muerte de Rafael Acosta Inglott) dice en su discurso de toma de posesión en sus sucesivas etapas se iría plasmando un Albaicín nuevo. Las líneas fundamentales de la política municipal con respecto a este barrio serían: accesos a San Nicolás y Plaza de San Miguel, pavimentación de diversas calles, rehabilitación de los aljibes, instalación de infraestructuras y reedificación de la iglesia del Salvador, que había sido incendiada en 1936. Gallego Burín, en su obsesión por cambiar la ciudad, también presenta ese año el proyecto de urbanización de las Pasiegas.

Por lo demás, el ‘piojo verde’ seguía haciendo de las suyas y el hambre empieza a ser un problema muy importante para la población. Los lujos eran pocos en aquella época. Muy de vez en cuando alguien podía saborear un helado de Los Italianos (que abrió su establecimiento en 1936), saborear un café en el Suizo o tomarse un vino en alguna taberna.

En 1942 se abrió uno de los bares míticos de Granada: Los Diamantes. Estaba la calle Navas recién construida cuando comenzó a recibir parroquianos este pequeño bar cuyo primitivo dueño traspasó años después a Pepe y Encarna, un matrimonio que ha visto pasar a toda la ciudad desde la atalaya del estrecho mostrador y la pequeña cocina que los alberga. El bar lo cerró el coronavirus en 2020 (muy pequeño para cumplir con las normas de espacio exigidas) y de su futuro nada se sabe. Los dos hijos del matrimonio abrieron nuevos locales con ese nombre y son ya cinco o seis los establecimientos especializados en el pescaíto frito que se llaman como esa joya que dicen que es eterna. Si alguien me está escuchando, ahí va mi ruego: ¡Por favor, abrid los Diamantes de la calle Navas!

El 28 de mayo en Granada se cerraron los comercios y la Universidad porque había que recibir a 21 granadinos de la División Azul que regresaban del frente de Rusia. La expedición llegó a la estación de tren procedente de Madrid y desde allí, en un camión, hizo un recorrido triunfal hacia la Virgen de las Angustias. La gente los aclamó como héroes, pero solo ellos sabían las penalidades que habían sufrido en aquella aventura. El sargento Antonio Díaz Cara prendió en el manto de la Virgen de las Angustias una de las dos cruces de hierro que había ganado en la guerra. Como dice el colega Luis Sánchez-Moliní, “fueron muchas las causas por las que las que se alistaron los componentes de la oficialmente llamada División Española de Voluntarios: por pundonor profesional (los oficiales), por vivir un conflicto que les diese cierto prestigio en sus entornos sociales, por aventura, por legitimarse ante el nuevo régimen (los sospechosos políticamente), por idealismo anticomunista (los falangistas más comprometidos), incluso alguno para intentar desertar una vez llegado a Rusia”. Lo que se sabe es que muchos no volvieron y otros que sí lo hicieron llegaron a asimilar con el tiempo que aquello fue una auténtica locura.

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