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El final del verano

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El final del verano siempre me pone nostálgico. Es esa época del año en la que todo parece acabar para empezar de nuevo, incluso más que el final del año. Sentimos que hemos dejado atrás este maravilloso período de ocio, descanso y diversión; de reuniones con familiares y amigos; un viaje, quien se lo puede permitir, para olvidarse del día a día por unos días. Cuando pasa este estado de felicidad, el único consuelo que tenemos es el dulzor de la fruta madura, uvas, higos, granadas y toronjas.

El color azul del cielo lleno de nubes blancas y el sonido de los pinos meciéndose con el viento me transporta muy lejos a ese espacio-tiempo en el que vivíamos cuando éramos niños o muy pequeños cuando nuestra mayor preocupación eran las pecas que nacían en sus narices. después de un largo día en la piscina. Recuerdo aquellos veranos lejanos, ya olvidados.

Días de campo, secos, calurosos, con los pies sucios por el polvo de los caminos; los estanques de agua que usábamos para bañarnos, las libélulas de colores cruzando el agua verdosa infestada de renacuajos; el olor de los pinos cuando el sol los calienta, las rosas de mi madre muriendo de puro abrasador; la piel joven y bronceada, aunque bronceada al aire libre durante días, y como único remedio: la lata azul de Nivea; las montañas agonizantes después de semanas sin una gota de agua, sobrevivientes de otro verano, esperando las benéficas lluvias otoñales si tienen suerte.

Y voy de una sierra a otra, a Oliva oa Santa Bárbara, donde iba con la cuadrilla de mi prima Gracia, que de Caudete, siempre después de las fiestas locales de moros y cristianos, y que pocas veces se van.

En mi memoria, el clima siempre cambiaba después del 10 de septiembre, el último feriado del pueblo vecino, como un triste mago agitando su varita en el aire y diciendo: “Amigos, la fiesta terminó, ahora es el momento de uno”. Ya has tenido suficiente.” Era un mago de Caude, por supuesto, que no sabía que la Feria de Yecla estaba próxima, y ​​si bien era cierto que refrescaba, tampoco se nos opuso. De hecho, en Yecla había que hacer las maletas un poco para sobrevivir a festivales o conciertos. En cualquier caso, siempre era un alivio seguir festejando.

A la Sierra de Santa Bárbara

La tristeza que provocaba el olor del otoño que se acercaba tenía que resolverse de alguna manera, así que los amigos de Caudete y algunos extranjeros, como yo, pasamos un fin de semana de excursión por la Sierra de Santa Bárbara. Precisamente la que se extiende por su sector occidental casi hasta el final de Yecla, ahora repleta de aerogeneradores, pero cuya mayor altura se eleva sobre la llanura de Caudetan como una pared aparentemente perpendicular.

En lo alto de esta sierra se encuentra una pequeña ermita blanca en honor al Santo de las Tempestades, quien vigila desde el altar de la ermita las nubes a la deriva, llevadas por el recio viento que suele azotar estas latitudes y las tempestades las incitan a entrar. Adyacente a la capilla hay una pequeña casa que, me atrevo a decir, pudo haber sido el refugio de algún monje o ermitaño en algún tiempo lejano.

La modesta casa tiene una cocina sencilla con chimenea, que luego fue amueblada con una mesa de madera destartalada y una silla en la que el ermitaño escribía sus meditaciones a la luz de las velas. Este recinto pertenece a la ciudad y para conseguir la llave que abría su puerta bastaba con pedírselo a su guardián, un vecino cuyo apodo no recuerdo.

5-Iniciar la subida Sierra Santa Bárbara

La subida a la ermita fue y sigue siendo segura, complicada, larga y agotadora. Cargado con grandes mochilas llenas de comida y bebida; algo de ropa, abrigo, saco de dormir y aislamiento para la noche; Radio casete y guitarra no podían faltar para amenizar las veladas; Las velas y las linternas eran esenciales ya que allí arriba no había electricidad.

Subir con todo eso a la espalda parecía una hazaña, y mientras subía, a veces por senderos, a veces agarrado a una roca oa una maleza, siempre estaba convencido al final de que sería la última vez que lo haría. Sólo el último premio nos mantuvo alerta: llegar y pasar un fin de semana inolvidable. De todos modos, no la he olvidado.

De camino a la ermita

Durante la subida fue necesario hacer algunas paradas para tomar aire, siempre intentando que fueran cortas para que la noche no nos sorprendiera a mitad de camino (siempre salíamos más tarde de lo previsto). Efectivamente lo ha sido en varias ocasiones y vivimos tiempos difíciles. Pero la parada obligada y más codiciada era cuando llegamos al “Gläsern”, una escarpada y cavernosa zona rojiza donde los cuervos que anidaban en sus madrigueras volaban graznando en círculos y donde el eco reforzaba su quejumbroso parloteo. Ese momento se ganó un grito que nos volvía el eco, repitiendo: Pablo, Pablo, Pablo…. Por cierto, ¿qué será de él?

Como de costumbre, éramos demasiados para dormir en la pequeña cocina, usábamos la capilla como dormitorio. La imagen de Santa Bárbara desde el altar velaba nuestros sueños y algún que otro inocente beso o arrullo entre quienes preferían aprovechar la oscuridad de la noche antes que dormir. ¡Lo que el pobre santo debe haber visto desde arriba!

Si la noche no era demasiado oscura, nos gustaba bajar por la parte norte de las montañas hasta “la tinajica”, una fuente de nieve. Así que la Tinajica debe ser irónica. Era una zona más húmeda y boscosa de lo que se ve desde la ciudad. Allí, tirado en la hierba, se podía escuchar el sonido del agua cayendo sobre el fregadero, el croar de las ranas, los grillos de los grillos y por supuesto el cielo estrellado en todo su esplendor. Este majestuoso escenario envuelto en un inmenso y oscuro abrazo de nuestras voces y risas, alegres cotilleos y cantos. Hablo de ruidos porque no puedo describir este lugar que siempre visitaba de noche.

46 fuente de nieve

He decidido poner algo de música para evocar esa época y alimentar un poco más esa dulce nostalgia ante el regreso de Salvador que siempre me regaña por mi enfermiza tendencia a la melancolía, pero no puedo evitarlo, en el fondo me gusta. ¿Qué podría decirte si no me dejo llevar y recuerdo?

Voy a los registros que todavía tengo. Reviso las carpetas viejas y descoloridas una por una, el polvo acumulado se asentó en las yemas de mis dedos, dándome la idea de limpiar más fuerte de lo normal hasta encontrar lo que busco: Neil Diamond y esta canción, tan linda y apropiada para el momento: mañana de septiembre.


Artículo de Concha Ortega

Fotos de la Sierra de Santa Bárbara: Vandelaras Natural

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