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el viejo arrabal donde brota una nueva Huelva

Sobre el techo que cubre el escenario de la Plaza Don Miguel Raya, descansa olvidada una colección de balones de distintos tamaños. Algunos de los colores que vibraron con la energía de la niñez en otra vida, ahora se tornan grises con el castigo de un sol que Dios sabe cuánto tiempo hace que los alumbra. tú también eres ellos La historia de un barrio que ha visto jugar y crecer a más generaciones de lo que parece. Siempre en esta plaza, un lugar de encuentro que sigue confirmando su título de centro neurálgico a pesar de los muchos años y los muchos cambios. De este barrio de calles sin nombres ni asfalto, sólo quedan algunos vestigios que sobreviven en la memoria de sus vecinos más antiguos. Las calles ya no están inundadas y llenas del barro que te roe la cabeza cada vez que llueve. Y llovió mucho. Quien cruza el Molino de la Vega puede comprobar que sus calles, aunque tienen aspecto de barrio joven, respiran la tradición y la idiosincrasia de un barrio cargado de historia.

La Vega Larga y sus alrededores fueron durante años Hogar de marineros y trabajadores, incluso si no había casi ningún lugar para vivir. Fue considerado una zona industrial, albergando una fábrica de luz, una fábrica de aceite y el famoso molino de mareas que da nombre al barrio. El recuerdo más perdurable es la zona extramuros de la ciudad, aunque está muy cerca del centro, las vías del tren que cruzan la Avenida de Alemán la separaron de la ciudad y la convirtieron en un barrio. una especie de suburbio en las afueras. Allí eran como una gran familia, donde todos se conocían, compartían carencias y se ayudaban en lo que podían.



Uno de los barrios más humildes de Huelva que poco a poco y gracias a la convivencia y esfuerzo de sus vecinos se convirtió en uno una zona privilegiada. El “Muro de Berlín”, como lo llamaron algunos, quedó en silencio y el barrio se abrió a la ciudad. Cada vez llegaba más gente a vivir donde nadie quería vivir antes, y la unión era fuerte. fue creado club de barrio y empezaron a tener más voz. El ruido se convirtió en un rugido y ya era imposible escuchar sus demandas.

Se pueden contar las décadas de una lucha que comenzó alrededor de los años 80, pero contar los logros sería imposible. Centro de salud, escuela, domicilios, comercios y todo tipo de instalaciones. Así pasó de un barrio sin nada a un pueblito. Del “gueto” al devenir una zona de gama media muy valorada. Tal vez con los años y el desarrollo se haya perdido parte de la familiaridad más cercana que le dio forma en el pasado. Sin embargo, esta idiosincrasia se mantiene en la zona centro, germen de un barrio que ha seguido creciendo y expandiéndose más allá de la Avenida Costa de la Luz, que linda con el Barrio de la Navidad.

Hoy, son los emprendimientos de toda una vida, pero también los recién llegados, los que mantienen el pulso latiendo en algunas de las calles transitadas por los hijos y nietos de sus fundadores. En él reside un trozo de la historia de la Semana Santa de Huelva, desde la pequeña Parroquia Apostólica Santiago vio el nacimiento de Hermandad de la Santa Cruz. Madre Coraje y el comedor social Virgen de la Cinta Son también instituciones de referencia en un barrio que ha hecho de la generosidad y la solidaridad una de sus banderas.

El Molino está formado por gente de toda la vida que nunca puede irse, pero también por los que no pudieron evitar volver y por los que llegan tarde y optan por quedarse. crear un Sentido de pertenencia entre vecinos que se contagia y te invita a participar, aunque tú no quieras. Quien se haya tomado una cerveza en La Canalla o en alguno de los bares de la recién peatonalizada calle Adriano lo sabe: allí el almuerzo de los sábados se prolonga eternamente, mientras el sol se cuela entre las hojas de los naranjos y los niños descansan de sus padres que actúan en “Don Miguel”. Quien ha probado las Torrijas del Villar lo sabe y lucha incansablemente contra su estacionalidad. Todo aquel que haya desayunado churros después de salir del centro de salud en casa del patrón y sintiera el orgullo de pasar de la “escuela amarilla” a la “escuela verde” lo sabe. Cualquiera que le haya visto crecer lo sabe y aún hoy sigue luchando por hacerlo mejor. El estacionamiento es difícil, sí. Pero es tan agradable ser del molino que a los que tienen la suerte ya ni siquiera les importa.

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