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Igor Jovicevic, entrenador del Shakhtar Donetsk: “El fútbol es importante para gritar que seguimos vivos”

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Croata de nacimiento pero ucraniano de adopción después de 20 años conectado con el país, Jovicevic, ex del Real Madrid B, lidera ahora a un equipo «sin hogar» por la guerra de Ucrania. Charla con EL MUNDO antes de visitar el Bernabéu: «Los jugadores han perdido sus casas. Somos nómadas».

Igor Jovicevic, entrenador del Shakhtar.
Igor Jovicevic, entrenador del Shakhtar.MUNDO
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La vida de Igor Jovicevic (Zagreb, 1973) también dio un giro de 180 grados el 24 de febrero de este año, cuando Rusia inició la invasión de Ucrania. El técnico croata entrenaba al SK Dnipro-1, de la Primera División del fútbol ucraniano, en el momento en que las sirenas de todo el país comenzaron a sonar y las bombas empezaron a caer. Escapó hacia el oeste, como muchos, y huyó por la frontera de Rumanía, como tantos. Ocho meses después dirige al Shakhtar Donetsk, un equipo “nómada y sin hogar” por la destrucción de la región del Dombás, y atiende a EL MUNDO desde Lviv antes de poner rumbo a España para visitar al Real Madrid en el Santiago Bernabéu. ‘Su’ Real Madrid. Porque el adolescente Igor Jovicevic, joya del fútbol croata en los noventa antes de romperse los ligamentos, jugó durante cuatro años en el Castilla.

¿Cómo vivió el inicio de la guerra?
Estaba en Dnipro. Habíamos vuelto de la pretemporada en Turquía y esa misma noche, a las cinco de la mañana, empezaron los bombardeos. Empezó el caos, la invasión y el estrés que todavía llevo dentro. Intentamos salir durante varios días de la zona que estaban bombardeando, huyendo hacia el oeste por Lviv, que era la única zona más o menos segura. Nadie se esperaba una invasión de esta magnitud. Pensaban que la cosa iba a estar sólo sobre Donbás, pero es un desastre que todavía perdura. Era un sentimiento de pánico y miedo, quería salir lo antes posible para juntarme con mi familia. Tardé 60 horas en escapar de Ucrania después de varios intentos, algunas fronteras tenían los puentes destruidos, otras estaban controladas por Rusia… Al final salí por la aduana por Rumanía.
¿Mantuvo el contacto con los que se habían quedado en Ucrania?
Con todos. Mis amigos ucranianos no pudieron salir porque la ley obligaba a quedarse a los que tenían más de 18 años. Tampoco lo pudieron hacer mis compañeros del cuerpo técnico. Y al final volví. El primer mes fue caótico, y poco a poco te vas adaptando a las sirenas. A partir del cuarto mes de guerra se empezó a valorar la vuelta del fútbol como una forma de decir que la vida sigue. El deporte mueve las emociones de la gente y era importante demostrar que seguíamos ahí, gritar que estábamos vivos, como una señal de despecho. Y se decidió jugar en territorio ucraniano por un sentimiento patriótico.
¿Cuando decidió volver a Ucrania no le llamaron ‘loco’?
Mi familia y yo llevamos muchos años unidos a Ucrania, tenemos mucha empatía. Nos sentimos como uno de ellos. Tengo una dosis de patriotismo e identificación con el pueblo. No soy un extranjero que no entiende nada de lo que está pasando. Cuando todo esto empezó, en 2014, yo era el entrenador del Karpaty Lviv. Sé cómo se siente el pueblo, qué les ha provocado y lo que han sentido en la invasión. Los motivos para volver siempre han sido deportivos, porque yo no soy soldado, soy entrenador de fútbol, pero también he vuelto a Ucrania por el corazón. Los soldados nos permiten jugar y nosotros, los deportistas, somos los mejores embajadores del país. Es importantísimo seguir con el fútbol. Acepté la propuesta del Shakhtar porque quería progresar en mi carrera, para eso trabajo, y también quería devolver el cariño de todos estos años.
Ahora están viviendo en Lviv. ¿Cómo es el día a día?
Aquí jugamos los partidos domésticos de liga. La Champions la jugamos en Varsovia. En Lviv no hay bombardeos desde hace unos meses, es una de las ciudades más bonitas de Ucrania y han destruido parte de su centro histórico. Lo que sí que hay son muchas sirenas, constantemente, que nos obligan a parar el entrenamiento e ir a los bunkers, pero ya no caen bombas. Entrenamos y vamos al hotel, de momento estamos tranquilos.
¿Cómo fue la vuelta del fútbol en el país?
En la pretemporada estuvimos en Holanda y Eslovenia y luego el primer partido se jugó en Kiev por una cuestión de patriotismo. No sabíamos si Rusia se lo iba a tomar como una provocación. Pensábamos en el fútbol pero también en cómo sobrevivir. En cómo estar tranquilos y jugar sin mirar al cielo durante el partido. Cuando suenan las sirenas nos tenemos que esconder y en esa situación vivimos día tras día. Entrenamos y suenan las sirenas, no es fácil y tenemos un hándicap con respecto a todos los clubes de Europa. Somos el único equipo que trabaja en estas condiciones.
¿Qué le dijo a su plantilla el primer día de pretemporada? ¿Cómo se gestiona algo así?
A nivel deportivo les expliqué mi método de trabajo, ser un equipo contra el que nadie quiere jugar, ser sólidos y con carácter para ganar la Liga y hacer un buen papel en Champions. Pero claro, está el plano humano. La gente habla de victorias o derrotas pero no sabe de qué profesionales está hablando y las dificultades de preparar un partido con las sirenas sonando. Tenemos una responsabilidad civil. Cada uno de los jugadores ha sufrido durante estos meses de guerra antes de la pretemporada, alguno estuvo en la defensa de las ciudades, sin entrenar, sin condiciones… Sólo les podía decir que estuvieran tranquilos.
Decía usted que el fútbol era una emoción para los ciudadanos. Entiendo que también para los jugadores.
Haciendo nuestro trabajo intentamos ayudar a la gente que está luchando en primera línea, que durante el partido puedan disfrutar, hacerles felices y que estén orgullosos. Es una pequeña responsabilidad. En este tipo de partidos sentimos el apoyo de toda Ucrania y eso te crea una autoestima de luchar, de dar gracias a los que luchan por la libertad y nos permiten jugar al fútbol. Es un poco surrealista y es difícil pensar en el fútbol y mantener una estabilidad emocional. Nuestro último partido, el pasado sábado, se paró durante 15 minutos por las sirenas.
La mayoría de los extranjeros del Shakhtar no han vuelto y el equipo está formado por ucranianos. ¿Cómo ve la mentalidad de sus futbolistas?
Con un coraje, una moral, un despecho, unas ganas de luchar… La mayoría son de Donetsk y tienen familia y amigos allí. Perdieron su hogar en 2014, luego se mudaron a Kiev, se habían habituado a otra ciudad que no era la suya, se habían comprado una casa… Y de nuevo la perdieron por la invasión. Ahora estamos en Lviv, viajamos a Varsovia o vamos a no sé dónde. Nuestro hogar es el bus. No tenemos el calor de una casa, somos nómadas.
La plantilla es totalmente diferente a la que puede conocer el público de España.
Lo bueno, entre comillas, es la posibilidad de hacer un proyecto con jóvenes ucranianos que hace unos años no tenían esta opción. No tenemos a los brasileños, que no quisieron volver, y junto a la directiva decidimos probar con los ucranianos. Son jóvenes, niños de la sub’21, sigue siendo un equipo grande pero es una situación diferente. El sábado contra el Metalist fue el primer partido en 20 años que el Shakhtar jugó de inicio con un equipo formado al 100% por ucranianos.
Ahora vuelve a Madrid, que fue su casa. Le vendrán recuerdos a la mente.
De 1991 a 1996. Es el juego del destino. Como adolescente jugué allí para el B y ahora con 48 años vuelvo como entrenador en Champions. Será emocionante. Soy madridista, pero en este partido intentaré ganarle.
Fichó por el Castilla a los 17 años y era una gran promesa, pero no llegó a debutar con el primer equipo. La leyenda dice que se escondió en un hotel y tuvo que jugar partidos con otro nombre por temas burocráticos.
Había problemas burocráticos y tuve que hacer alguna cosilla de esas (risas). No tenía 18 años y había algún problema legal. Venía de ser MVP en el Europeo sub’18, me fichó el Madrid, entrenaba con el primer equipo, con Butragueño, Michel, Hagi, Hierro, Hugo Sánchez… Madre mía, era otra galaxia y yo era un niño. Tengo relación con muchos de ellos, son grandes personas, muy sencillas. Con Michel coincidía en la habitación en la pretemporada, ellos ni se acordarán (risas). Se lo cuento a mis hijos y no se lo creen.
Coincidió con Raúl y Guti en el filial.
Como llegué tan joven y no podía jugar con el primer equipo, pasaron varias generaciones y yo seguía allí (risas). Fernando Sanz, Sandro, Víctor Sánchez del Amo… Con Rafa Benítez como entrenador hicimos una de las mejores temporadas de la historia del Castilla, quedando sextos en Segunda. En mi cuarto año, me fui con la selección croata sub’21 y en un partido contra Ucrania, mira el destino, me rompí los ligamentos. Es para escribir un libro. Me rehabilité en la antigua ciudad deportiva, que es donde ahora está el hotel donde voy a dormir con el Shakhtar. Qué historia… Raúl subió un partido con nosotros contra el Palamós, pero era tan bueno que Valdano le subió rápido. Y con Guti no pude llegar a jugar por mi lesión, pero es uno de los mejores jugadores que he visto y guardo mucha amistad con él.
¿Todavía le da vueltas a la lesión?
Todo ese despecho que tengo por la lesión lo estoy convirtiendo en ganas por mejorar como entrenador. Ahí está mi mentalidad. Me siento en deuda con ese jugador de 20 años que no pudo realizar su sueño de jugar con el primer equipo del Madrid.
En el Bernabéu verá a un compatriota que no sé si le sonará: Luka Modric.
(Risas) Bueno, qué decir… Es descomunal. Es uno de los caminos más duros que se han visto, Luka no era una estrella juvenil, pasó por dos cesiones durísimas, una en Bosnia y otra en Croacia, donde tuvo que demostrarlo todo. Me impresiona que el mejor fútbol de su vida ha sido en los últimos cuatro años. Es increíble su dominación del espacio y el tiempo.
Él también vivió una guerra de niño, en su caso la de los Balcanes.
Sufrió mucho y ese sentimiento lo llevará toda la vida. Puedo hacer un paralelismo entre la situación croata y ucraniana. Son países amigos. Ese orgullo y esa rabia que tienen los ucranianos les puede cambiar la mentalidad hacia el futuro. Si las Fuerzas Armadas no ceden contra un oponente tan grande, ¿cómo lo vamos a hacer nosotros en un campo de fútbol? Es una responsabilidad civil de luchar, el pueblo la nota y creo que todo irá a mejor, se transformará su mentalidad.

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