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Luis Ventoso | 10 fuente de fuego, el cambio climático?

Una cosa es ver incendios forestales en las noticias y acurrucarse en la tranquilidad y comodidad de tu sofá. Otra muy distinta es experimentar la agonía extrema de cómo las llamas pueden engullir tu casa porque algún bastardo, o bastardos, han decidido prender la montaña en llamas de una manera perfectamente organizada.

Ciudad romana en la noche de los tiempos, Verín es ahora una ciudad de 13.000 habitantes al sur de la provincia de Orense, en la frontera con Portugal. Ubicado en el Valle de Monterrey, es famoso por su buen vino y aguas minerales (Cabreiroá, Fontenova y Sousas). Allí el calor irrumpe con violencia. El miércoles estaban en “alerta amarilla” y rondaban los 40 grados. A las tres de la tarde se desató un incendio que acabó por rodear la ciudad en un anillo de fuego casi completo.

Todo fue intencional, perfectamente planificado, con diez faros que parecían encenderse cuando pasaba un automóvil. Hubo que desalojar viviendas y se desbarató la carretera que une Madrid con el sur de Galicia. El equivalente a 600 canchas de fútbol quemadas. 14 brigadas, 7 motobombas, 9 helicópteros y 7 aviones combatieron las llamas. Eso parecía una guerra.

Tengo un amigo que vive en una hermosa casa con piscina en las afueras del pueblo, propiedad que construyó gracias a años de trabajo. El apartamento no está en ningún bosque. Está muy cerca de la autopista y rodeado de arbustos bajos. Sin embargo, vio las llamas acercándose inexorablemente a la pared trasera del edificio. El agua corriente se interrumpió debido a una falla en la línea eléctrica. Pudo salvar su propiedad gracias al trabajo de un camión de bomberos y a la entusiasta solidaridad de las amigas de sus hijas: cuarenta niños de la ciudad se ofrecieron como voluntarios y, como en la película, comenzaron a lavar cubos de agua de la piscina para detener el fuego.

Tras el susto, mi amigo oscila entre una profunda tristeza y una enorme ira. El castigo refleja el hecho de que hay personas sin corazón capaces de cometer tales atrocidades, manteniendo en jaque las pertenencias e incluso la vida de los vecinos. Y rabia porque el Código Penal no es aún más duro con los que ahora llama “despedir a los terroristas”.

Según nuestro gobierno hiperideologizado, la ola de incendios de este verano se debe al cambio climático. ¿Ese fue el caso en Verín? Por supuesto que no. Si no se hubieran encendido las diez mechas con esa saña profesional, la ciudad hubiera tenido un verano muy caluroso, pero sin mayores males.

Una cifra se repite cada año en España: el 80% de los incendios forestales se producen (un 30% de ellos por descuido). Los motivos son varios: incendios agrícolas descontrolados, pirómanos, venganza entre vecinos, trabajadores forestales sin valor que creen que el fuego garantiza futuros contratos, incendios para ahuyentar animales, por motivos económicos… El incendio de Tenerife, con 2.700 hectáreas quemado, fue provocado. También los de Ávila, los de Maceda, los del Valle del Jerte… incluso se investiga si hubo una mano insidiosa detrás del de Losacio (Zamora), donde murió un bombero.

El problema de los incendios se aborda cuando la calamidad ya está en marcha pero se descuida la prevención. El abandono de las zonas rurales con el consiguiente abandono de la sierra es un factor clave. Pero dado que la mayoría de los ataques incendiarios son incendios premeditados, incluso más sentencias de prisión disuasorias ayudarían. ¿Problema? Ahora bien, hacer que la gente se ponga al corriente de las cosas, que lea para trabajar, y endurecer el código penal no son medidas “progresistas”. Es más fácil visitar zonas quemadas, poner cara de tristeza, vender ideología y proclamar que lo ocurrido prueba el hecho del cambio climático (al que Sánchez abordó en julio antes de cerrar el local y en la hamaca de los saltos de La Mareta). .

Sería interesante que el presidente “verde y progresista” viajara a Verín para decirles a los vecinos que escalan los muros que el incendio de las diez hogueras es consecuencia del cambio climático. Aún le zumbaban los oídos…

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