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¿Volver a casa solo y aplastado?, de Pablo de Lora

El pasado 1 de agosto, cuando saltaba la alarma por los pinchazos sospechosos que sufrían algunas mujeres mientras festejaban en bares, pubs o discotecas, la ministra de Igualdad hizo público un enrevesado registro de alarmas -descarga aparece un código QR encontrado en los baños del local- y conduce a una “Guía de Punto Púrpura” en la que 63 páginas brindan información sobre qué hacer en caso de agresión sexualo alternativamente llamar o enviar un Whatsapp a números específicos que ofrecen información, asesoramiento jurídico y apoyo psicosocial a víctimas de violencia machista un hilo de twitter que terminaba con las palabras: “Queremos y tenemos derecho a celebrar y volver a casa, solos, con alguien, sobrios o borrachos”.

No es de extrañar el pánico y la reacción institucional cuando se descubre que abunda una práctica de subyugación química mediante vacunación con jeringa con el fin de agredir sexualmente a las mujeres. ¿Hay? ¿En cuántos casos se ha detectado la presencia de este tipo de sustancias? ¿Cuántos ataques ha habido? Es extraño, sí, que las autoridades no recomienden simplemente llamar a los servicios de emergencia de la policía y que vayan a la seguridad local mientras llegan. hacer¿Es menos fiable, efectivo o ágil llamar al 091? Los anestesiólogos que se han pronunciado sobre el tema han advertido de que una vacunación eficaz no pasa desapercibida -no es un pinchazo inmediato, sino prolongado- y que sus efectos no son inmediatos, dejando tiempo suficiente para pedir ayuda.

Lo que resulta particularmente extraño, sin embargo, es el final del mensaje de alarma, la proclamación de un “derecho a volver borracho a casa”. Declaro.

“Irene Montero sería la primera en negar que todas las mujeres, incluida ella, hayan sido siempre ‘sumisas y pasivas'”.

Hay dos razones por las que estos pinchazos son muy preocupantes: porque siembran miedo —y no importa si quienes se los hacen solo están sugiriendo una broma— o porque están acostumbrados a tener relaciones sexuales sin consentimiento, lo cual ha estado sucediendo. durante décadas y no sólo en este infantilmente elogiado “verano del consentimiento” es un crimen. Respecto a la primera posibilidad, se hizo referencia a la existencia de una especie de asociación de hombres que actúa con el objetivo de “expulsar a las mujeres del espacio público”. De ser así, habría una manifestación novedosa del heteropatriarcado en su vertiente de “vida nocturna”: tenía que minar que el heteropatriarcado en su representación tradicional anhelaba noches llenas de mujeres ocupando la mayor cantidad de espacios posibles. Y viceversa también. Recuerda: Siempre hay dos que le pertenecen.. A menos, claro, que creamos que todo el coqueteo o apego que hubo y hay en el mundo en aquellas noches festivas fue producto del sometimiento masculino sin consentimiento por parte de las mujeres. Imagino que la ministra de Igualdad de Oportunidades y toda su corte de milagros publicitarios Sería la primera en desmentir que todas las mujeres, incluida ella, hayan sido siempre “sumisas y pasivas”.».

Pasemos a la segunda fuente de pánico. Los pinchazos destinados a doblegar la voluntad porque reducen la conciencia o inducen amnesia no son tolerables como “disconsentidos”. La pregunta, por tanto, es si debemos aceptar una práctica consistente en “pinchazos consensuales”..

“Estas burlas ‘aceptadas’ se llaman alcohol, drogas, sustancias psicotrópicas más o menos legales…”

La respuesta es obviamente sí, porque de hecho ya lo aceptamos. A estos pinchazos “acordados” se les llama alcohol, drogas, sustancias psicotrópicas más o menos legales administradas en diferentes dosis y presentaciones, jugosas, espumosas, más o menos refinadas, que nos estimulan o nos desinhiben, pero también nos llevan a nuestro absoluto descontrol. . No hace falta decir que, en estas condiciones, nuestras “defensas de la voluntad” pueden verse gravemente comprometidas y, por lo tanto, es más probable que seamos víctimas de agresión sexual, robo o humillación. Por eso, les preocupan los “pinchazos”, todos, incluso los que se sirven en vaso largo o corto, son rapados o ahumados.. Y, sin embargo, nuestro ministro ya no hace de “volver borracho a casa” un mal menor, un acompañamiento del valioso fin de salir a divertirse por la noche, sino nada menos que la sustancia de un “derecho”.

Alguien podría argumentar que, contrariamente a quién es perforado, la mujer –o el hombre– que regresa a casa borracho o drogado lo ha consentido. ¿Seguro?

No tanto: en algún punto de la cadena aventurera o desafortunada que ha llevado a alguien a emborracharse, ya no damos nuestro consentimiento válido para seguir bebiendo. Si lo hacemos a mano, tarde o temprano, tal vez entre los vómitos, nos daremos cuenta en la niebla de resaca del día después de que estemos fuera de control. Y cuando alguien nos facilita la comida y la fiesta, haciéndonos más sumisos e inclinados a las relaciones sexuales, se está comportando como la vacuna del mal que tanto miedo justificado está creando en este agosto de calor y miedo. Una agencia que nos advierte del riesgo de agresión sexual por pinchazos no consentidos no puede festejar y justificar de manera consecuente a las mujeres que regresan borrachas y solas y se exponen a los mismos peligros que denuncia en la campaña contra los pinchazos de club. ¿Os imagináis a Montero proclamando: “Quiero irme a casa solo y con un piercing”?

Esto es lo más extraño en mi opinión, pero ya sabéis que parte de esa extrañeza se disuelve si nos fijamos en la reciente confesión de la secretaria de Estado de Igualdad, la segunda ministra, la inimitable PAM (Ángela Rodríguez). Ha reconocido que el Gobierno está en una “diarrea legislativa”.

El problema, me temo, es que también es mental.

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